Escuchad, pues, la parábola del sembrador. Todo el que oye la palabra del Reino y no lo entiende, viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón: esto es lo sembrado junto al camino. Lo sembrado sobre terreno rocoso es el que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene en sí raíz, sino que es inconstante y, al venir una tribulación o persecución por causa de la palabra, enseguida tropieza y cae. Lo sembrado entre espinos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones de este mundo y la seducción de las riquezas sofocan la palabra y queda estéril. Por el contrario, lo sembrado en buena tierra es el que oye la palabra y la entiende, y fructifica y produce el ciento, o el sesenta o el treinta. (Mateo 13, 1-23).
La Liturgia de la Palabra de este Domingo está impregnada de optimismo por el éxito de la obra redentora de Cristo, y que la Iglesia continúa en el tiempo hasta que de nuevo Cristo vuelva. Tanto la Primera Lectura, en la que el segundo Isaías conforta a los israelitas desterrados de Babilonia, como la Segunda, en que S. Pablo habla de la expectación de la creación entera que aguarda la manifestación de los hijos de Dios que sufren la esclavitud del pecado; como la abundante cosecha de la tierra buena que compensa con creces lo que se perdió en el pedregal y los espinos, nos animan a confiar en el éxito de todos nuestros desvelos. También el Salmo Responsorial participa de idéntico optimismo: “la acequia de Dios va llena de agua..., coronas el año con tus bienes”.
Con la parábola del sembrador, Jesús nos propone la fe y la generosidad del sembrador al esparcir la semilla de la doctrina que, aunque puede dar un fruto dispar e incluso no darlo, pues su fecundidad depende de dónde caiga, está destinada a proporcionar una espléndida cosecha.
En estos tiempos de covid-19 no podemos aflojar como Iglesia y como cristianos en el impulso evangelizador que nos pide Cristo. La pandemia es un grave problema, pero el espíritu ante ella no es de esconderse de la obligación evangelizadora sino de saber buscar los mejores modos creativos de anunciar a Dios. Más que nunca, la carencia de las misas y sacramentos nos ha de impulsar a renovar el esfuerzo de seguir hablando de Dios. Esta cuarentena con más de 100 días ha traído una pandemia espiritual, psicológica y psíquica que muy pocos la están percibiendo. Las personas en su interior se encuentran dañadas y a eso no le vale el IFE ni cualquier programa; a ello se lo soluciona dando el espacio para las dimensiones morales, espirituales y sociales que hacen a la protección de su espíritu.
Como cristianos debemos seguir sembrando de todas las formas y maneras la semilla de la fe, del sentido de la vida, de la necesidad de Dios. Está ya comprobado que una comunidad humana encerrada por más de 40 días tiene daños de orden psicológico que pueden ser irreparables. Frente a esta pandemia oculta se ha de buscar y pedir que los ámbitos espirituales constituyan una parte esencial de la vida del ser humano.
¡No nos cansemos! Sigamos en la lucha de ser sembradores de la fe, el Bien y la Verdad.